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El bien más preciado / Letra Internacional 143 / 2025

«Soy más de Bakunin que de Marx, de Durruti que de Negrín, de Camus que de Sartre. Me encanta la frase central del viejo himno anarquista español: “El bien más preciado es la libertad”. Una frase de claras resonancias cervantinas.»

El bien más preciado, Javier Valenzuela. Letra Internacional, Fundación Pablo Iglesias, número 143, Catas de Libertad I, 2025

EL BIEN MÁS PRECIADO

JAVIER VALENZUELA, LETRA INTERNACIONAL

Mi amor por la libertad nació en mi infancia granadina. Yo era, según contaban mis padres, un niño travieso, a lo Guillermo Brown. De los que se enzarzaban en peleas callejeras, iban a robar fruta a los huertos y se sumaban a las procesiones de Semana Santa haciendo como que tocaban el tambor. Un chaveilla que no entendía por qué estaba obligado a hacer ciertas cosas —rezar el rosario en latín en el colegio o acudir los domingos a la misa de la Catedral— y no podía hacer otras —cantar cancioncillas burlonas sobre Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel, o preguntar en voz alta quién mató a Federico García Lorca en el verano de 1936—.

De aquellas obligaciones y prohibiciones no eran culpables mis padres, pobrecitos. Ellos no eran autoritarios; al contrario, eran liberales en el buen viejo sentido de la palabra, de los de “en la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida”. Pero estábamos en una ciudad provinciana y, sobre todo, en el ecuador de la larga dictadura del general Franco. No se bromeaba con el Caudillo de España por la gracia de Dios, no se preguntaba por Lorca y Mariana Pineda.

No fue el televisor quien nutrió mi imaginario infantil, en mi casa no entró hasta que yo tenía once o doce años. Fueron, principalmente, las lecturas de novelas de aventuras, y supongo que esto marca una diferencia con las siguientes generaciones. Yo leía febrilmente las andanzas de Sandokán, el tigre de Malasia, contadas por Emilio Salgari, la maravillosa peripecia de La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, y otras historias semejantes. Hoy las sigo leyendo, que conste. Tengo a los piratas como mis grandes héroes y a la Isla de la Tortuga como uno de los prototipos de la sociedad libertaria con la que siempre he soñado.

Ya en Valencia, servidor de ustedes fue un universitario activamente implicado en la lucha antifranquista. El totalitarismo nacionalcatólico se me había hecho aún más odioso en mi adolescencia y primera juventud. No podía acostarme más o menos libremente con las chicas, como se hacía en Francia e Inglaterra. No podía leer los libros o ver las películas que me apeteciera. No podía viajar a mi libre albedrío por todo el mundo. No podía asociarme con quien quisiera o manifestarme en la calle contra lo que quisiera. La España de entonces era muy asfixiante, no se la deseo a nuestros hijos y nietos.

Y, sin embargo, no me hice comunista como tantos de mis compañeros universitarios. Francamente, no me apetecía pasar del franquismo a la Unión Soviética. Seguía soñando con un mundo que diera prioridad a la libertad bien entendida, aquella que solo tiene el límite de la libertad de los otros, y no pensaba que esta fuera posible en un sistema de partido único dirigido por un líder absoluto. Stalin se me antojaba tan repugnante como Hitler, Mussolini y Franco.

Yo seguía siendo muy lector y, por supuesto, estudié a Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao. Pero, aun compartiendo sus denuncias del capitalismo, había mucho en sus propuestas que me chirriaba. Dictadura, ni la del proletariado, me decía a mí mismo. Así que decidí darle un vistazo a otra corriente del pensamiento revolucionario del siglo XIX, aquella que había abanderado Bakunin frente a Marx. Y, aunque entonces su memoria estaba enterrada en escombros, descubrí que el anarquismo había arraigado en la España de mis abuelos, había generado héroes tan maravillosamente novelescos como Buenaventura Durruti.

Desde entonces, no tengo el menor problema en definirme como anarquista, ácrata o libertario, se lo digo así de claro. Mi primer director en el mundo del periodismo, Pepe Ribas, fundador de la revista Ajoblanco, me definió muy acertadamente como “un libertario pragmático” en su libro Los 70 a destajo. Me encantaría vivir en el mundo de libertad con justicia social soñado por Bakunin, pero el ser humano es lo que es, cobarde y manipulable con demasiada frecuencia, y la correlación de fuerzas es la que es, aplastantemente favorable al conservadurismo. ¿Pragmático? Pues sí, jamás se me han caído los anillos por colaborar lealmente con los compañeros de la corriente socialdemócrata.

Pero, insisto, soy más de Bakunin que de Marx, de Durruti que de Negrín, de Camus que de Sartre. Me encanta la frase central del viejo himno anarquista español: “El bien más preciado es la libertad”. Una frase de claras resonancias cervantinas, no en vano el autor de El Quijote fue un libertario avant la lettre. El bien más preciado, sí, así lo pienso yo. Sabiendo que no hay verdadera libertad para uno si no la hay para todos, asumiendo que libertad sin justicia es la ley del más fuerte en la jungla capitalista y justicia sin libertad es tiranía. Es lo que siempre dijo Camus, buen amigo de los anarquistas españoles exiliados en Francia

Por eso me irritan tanto esos ultraderechistas que, como el argentino Milei o la madrileña Ayuso, intentan apropiarse de la hermosa palabra libertad. Contaminar el planeta, privatizar la sanidad y la educación públicas, empobrecer aún más a los asalariados y los pensionistas, hacer este tipo de cosas para que unos pocos sigan enriqueciéndose, no es ejercer la libertad. No hay libertad si se daña a terceros, esto es de primero de sentido común.

Lo tengo claro: Trump, Milei, Ayuso y compañía son liberales o libertarios de pacotilla. Se apropian del lenguaje progresista para camuflar ideas más bien feudales. Están en las antípodas del Ni dios, ni patria, ni rey. ¿Cómo pueden llamarse partidarios de la libertad los que se oponen al derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, a la legalización de la eutanasia, a la despenalización de la marihuana, al matrimonio homosexual y a tantas otras cosas que no menoscaban las libertades y derechos de los demás?

En fin, sigo con mi relato. Resulta que mi padre era periodista en Granada, pero creo que, si yo decidí practicar este oficio, no fue tanto por seguir su ejemplo —el pobre lo ejercía en tiempos de censura y mediocridad—, sino por la lectura en mi niñez de Miguel Strogoff. En esa novela de Julio Verne, dos corresponsales, uno inglés y otro francés, seguían las peripecias del correo del Zar por las estepas siberianas, algo que me parecía fascinante. Caramba, el periodismo podía ser otra cosa que lo que hacía mi padre cubriendo los partidos del Granada CF y las corridas de toros en la Monumental de Frascuelo.

Reconozco que he tenido mucha suerte, he vivido la edad de oro del periodismo español, la que va de la muerte de Franco al nacimiento de Internet, cuando había más dinero y más libertad que ahora. Empecé en Ajoblanco, una revista libertaria y contracultural que era un chorro de aire fresco en la España de la segunda mitad de los años 1970, y luego estuve en Diario de Valencia y, sobre todo, treinta años en El País. Le estoy muy agradecido al periódico de la calle de Miguel Yuste, me ha permitido hacer muchas cosas que me apetecían: cronista de sucesos en Madrid, corresponsal de guerra en Beirut, delegado en Rabat, París y Washington, enviado especial como reportero o entrevistador en cuatro continentes.

Sí, he sido bastante libre y feliz ejerciendo el periodismo. Me ha permitido llevar la vida nómada con la que soñaba de niño cuando leía las aventuras de John Silver el Largo. He vivido en apartamentos y hoteles de más de un centenar de ciudades, y encima me pagaban por ello. He podido charlar con Arafat, el Dalai Lama, François Mitterrand y Nelson Mandela, y este último, personaje inolvidable, tan bailón como yo, me enseñó en su despacho de Johannesburgo los pasos básicos de las danzas africanas.  Y también he podido hablar largo y tendido de literatura con Marguerite Duras, John Le Carré. Orhan Pamuk y Mohamed Chukri. No está mal, me digo, para un chaveilla granadino.

Mencioné antes la posibilidad de que un libertario colabore con los socialdemócratas. Ahora diré que incluso es una obligación. Fui durante dos años (2004-2006) director general de Comunicación Internacional en La Moncloa de Zapatero, y jamás me he arrepentido de ello. Era otra faceta de mi oficio de periodista y, sobre todo, ZP era un tipo estupendo que hacía cosas que mejoraban la vida de nuestros compatriotas. Estoy orgulloso de la retirada de las tropas españolas de Irak, nos ahorró mucha vergüenza, mucho sufrimiento y probablemente muchas muertes. Estoy orgulloso del matrimonio igualitario, por supuestísimo.

Me fui voluntariamente de La Moncloa a los dos años de mi entrada, tal y como había pactado con el presidente del Gobierno, y regresé al diario El País. Seguí el consejo que me había dado Le Carré en Suiza: señor Valenzuela, tome el tranvía y bájese de él cuando llegue a una determinada parada, no se pase el resto de su vida dando vueltas en ese vehículo. Le Carré tenía razón: un libertario no puede eternizarse en el mundo de la política profesional.

Pero puede colaborar puntualmente, claro que sí. Antes de que su avanzada edad lograra silenciarlo, Noam Chomsky hizo una gran aportación al pensamiento libertario contemporáneo. En los tiempos que vivimos, dijo, los libertarios no podemos sumarnos al desmantelamiento del Estado que predican y practican los ultras invocando de modo espurio la palabra libertad. Al contrario, tenemos que defenderlo en aquellas aspectos, ahora en peligro, que hacen más soportable la vida de la gente. Pueden imaginarse que hablo de la sanidad, la educación y las pensiones públicas. No tengo dudas: no hay libertad sin Estado del bienestar.

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