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Profetas del Apocalipsis / tintaLibre, octubre 2022

El catastrofismo es comercial para las televisiones y el miedo, muy rentable para los políticos de ultraderecha. Por eso cotiza ahora tan alto. Pero de peores hemos salido

PROFETAS DEL APOCALIPSIS (EXTRACTOS)

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Javier Valenzuela, tintaLibre, octubre 2022

En vísperas del año 1000 de la era cristiana, se extendió por Europa el sentimiento de que la humanidad viviría en esa fecha el fin del mundo descrito en el Libro del Apocalipsis de San Juan. Lo anunciaban en todas partes greñudos y excitados profetas, instalando el pavor en los corazones de millones de creyentes y empujándoles a comportamientos desaforados. Nuestro continente se llenó de revueltas místicas, procesiones de flagelantes y feroces asaltos a los guetos judíos, como bien cuenta En pos del milenio, de Norman Cohn.

El milenarismo, el anuncio de la proximidad del Fin del Mundo, ha sido desde entonces una constante en la vida de la humanidad, una fiebre persistente que, según los momentos, ha alcanzado mayores o menores niveles de intensidad. Por no ir muy atrás, en vísperas del año 2000 tuvo un episodio breve y chusco en el anuncio, comercialmente interesado, de que ese guarismo provocaría la locura de todos los ordenadores y con ello la paralización de los sistemas bancarios, la navegación aérea, la distribución de electricidad y muchas otras cosas. No fue así, como sabemos los que conservamos cierta memoria.

Tras los desvaríos totalitarios y las tremendas matanzas del siglo XX, era muy deseable que el XXI transitara por el camino de la razón, la libertad y la concordia, pero, de momento, no está siendo así. Ya en sus primeros compases, el espectacular atentado terrorista que en 2001 derribó las Torres Gemelas de Nueva York fue explotado ideológica, política y mediáticamente para alimentar la tóxica idea de que entrábamos en una nueva guerra mundial, una que enfrentaba a Occidente y el islam, la cruzada contra la yihad. O estabas con el Estados Unidos de George W. Bush, incluidos los vuelos secretos de la CIA, las torturas de Guantánamo y las aventureras invasiones de Afganistán e Irak, o estabas contra él. No había otra alternativa, se nos predicaba.

Retransmitido en directo por todas las cadenas de televisión del planeta, y con audiencias multimillonarias, el 11-S resultó clave en la transición de los medios de comunicación a la primacía del espectáculo apocalíptico en detrimento de la información ponderada. Estaba claro: el miedo era extraordinariamente comercial, la gente no levantaba la vista de sus receptores si se les ofrecían en bucle imágenes espantosas y comentarios estremecedores. Como para entonces la televisión en vivo y en directo ya era el principal medio de comunicación, los demás -diarios, radios y el naciente Internet- siguieron su ejemplo.

Desde entonces vivimos mediáticamente en una permanente Noche de Valpurgis, un Halloween eterno. Los medios apenas hablan de otra cosa que no sean crímenes espeluznantes, catástrofes naturales, angustias económicas, guerras en curso o potenciales, y siempre acentuando que todos y cada uno de ellos son hechos terribles, históricos, trascendentales, irresolubles, apocalípticos. Sin darnos la menor tregua, no sea que apaguemos la pantalla y nos dediquemos a lo nuestro, esto es, a intentar vivir sin otro miedo que el miedo al miedo en sí mismo, que diría Franklin Delano Roosevelt.

 (…)

A mucha gente le gusta tener miedo, está claro. La literatura y el cine de terror siempre han tenido su público, como lo han tenido el Tren de la Bruja y las atracciones de feria semejantes. El miedo produce un cosquilleo masoquista que a no pocos les resulta placentero. El miedo impulsa a no tener que afrontar las fatigas de la libertad y preferir refugiarse en la seguridad de la tribu primigenia bajo el mandato de alguien rudo y fortachón.

En el miedo generado por la exageración y el sensacionalismo de los medios han encontrado los políticos de la derecha y la ultraderecha un inagotable fondo de comercio en lo que llevamos de siglo XXI. Es este miedo el que explica los triunfos de los Trump, Bolsonaro y compañía, el auge de los Orbán, Le Pen, Abascal, Meloni y compañía. Miedo al inmigrante musulmán, que ha ocupado en el imaginario europeo el papel secular del judío. Miedo al peligro amarillo: el día que China despierte el mundo temblará. Miedo a la pérdida de la hegemonía del macho. Miedo, en definitiva, a la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Es difícil que los progresistas prosperen en un clima de terror, por artificial que este sea. Los progresistas basan su acción en el optimismo de la voluntad de los Jefferson, Gandhi, Roosevelt, Mandela y compañía. Menos la muerte, todo puede arreglarse si la humanidad desea arreglarlo y pone manos a la obra. Hasta podríamos haber hecho menos grave la crisis climática si hace tres o cuatro décadas hubiéramos comenzado en serio a abandonar nuestra dependencia del petróleo, el gas, el plástico y el cemento, si hubiéramos protegido de verdad el aire, los mares y los bosques. Pero no, dicen las derechas, la crisis climática no existe, es un invento de los rojos, los verdes, las feministas y los LGTBI.

¿No les llama la atención a ustedes que, de todas las supuestas crisis gravísimas del pasado verano, la derecha y ultraderecha españolas, y sus medios afines, es decir, casi todos, ignoren la más real, grave y duradera, la única que sí puede poner en peligro la existencia de la humanidad? En su debut en la escena política nacional, el pasado septiembre, en el Senado, Alberto Núñez Feijóo no la mencionó ni una sola vez.

(…)

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