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«Soy libertario desde mi infancia» / Entrevista con Resistencia Cultural sobre «El bien más preciado» / 15 Mayo 2021

Siempre preferiré la libertad a la autoridad, la justicia a la ley y el orden, la rebelión al servilismo

Mayte Bonilla Castro, Resistencia Cultural, 15 Mayo 2021

PREGUNTA: Eres hijo de periodista, así que lo viviste en casa, ¿tuviste la vocación desde siempre?

RESPUESTA: Sí, crecí entre las mesas de la redacción y los talleres de impresión de un pequeño diario de Granada donde trabajaban mi padre y mi padrino, y ya de niño, confeccionaba periodiquitos que vendía a mis familiares y vecinos. Creo que tres cosas influyeron decisivamente para mi temprana vocación periodística. Una, el ver que mi padre se levantaba mucho más tarde que el resto de la familia; hay que recordar que el periodismo de entonces se hacía básicamente por la tarde y la noche. Otra, la lectura de Miguel Strogoff, la novela de Julio Verne, donde dos periodistas, uno inglés y otro francés, seguían en vivo y en directo las andanzas del correo del Zar; eso vinculó en mí el oficio del periodismo con los viajes y las aventuras. La tercera, pensar que el periodismo era un modo interesante de ganarse la vida escribiendo, lo que para alguien al que le gustaban la lectura y la escritura como yo era una pista interesante.

¿Crees que queda algo del periodismo clásico?

Dos de las funciones esenciales del periodismo escrito clásico, a saber, la crítica social y la mejor literatura posible en situaciones de urgencia, han ido desapareciendo en las tres últimas décadas. El periodismo es ahora esencialmente televisivo y eso implica primacía del espectáculo sensacionalista y de los intereses económicos e ideológicos de las empresas propietarias.

Le preguntaba a Tomás Alcoverro el otro día (ya que él fue uno de los últimos corresponsales extranjeros en dejar la zona musulmana de Beirut durante le guerra) hasta donde creía él que había que arriesgar para conseguir una noticias. Desgraciadamente esta misma semana hemos conocido noticias terribles sobre dos corresponsales. ¿Cuál es tu opinión? ¿Hasta donde piensas que hay que arriesgar para contar lo que pasa y dar voz a los que no la tienen?

Nadie te obliga a ser corresponsal; si yo lo fui durante veinte años, y en lugares como Beirut, Gaza, Irán o Bosnia, fue por libre elección, de modo completamente voluntario. Sabía que asumía riesgos, que incluían el secuestro y el asesinato, pero como también los asumen todos aquellos que ejercen un oficio arriesgado como, por ejemplo, el de bombero. Quiero decir, que si te pueden paralizar temores y aprensiones, lo que es absolutamente legítimo, no debes optar a una corresponsalía en Oriente Próximo, África o América Latina, hay muchos otros modos interesantes de ganarse la vida en el periodismo y fuera de él. Si alguien opta por el oficio de corresponsal en zonas conflictivas es por dos razones: la primera, estrictamente personal, la sed de aventuras; la segunda, de dimensión social, darle la voz a aquellos que no la tienen, a las víctimas de dictaduras, guerras, hambrunas e injusticias. El periodismo o es la voz de los que sufren la Historia, como decía Camus, o no es digno de ese nombre.  Dicho lo cual, siento muchísimo dolor, por supuesto, cuando algo malo le pasa a un compañero en el ejercicio de su trabajo.

El  bien más preciado es el libro recopilatorio de tus artículos del último lustro donde el título ya es una declaración de intenciones…

Sí, una vieja canción anarquista española dice que el bien más preciado es la libertad. Yo, que soy libertario desde mi infancia, siempre preferiré la libertad a la autoridad, la justicia a la ley y el orden, la rebelión al servilismo. Ya sé que eso me hace ir a contracorriente del conformismo tan común en nuestro tiempo, pero me importa un comino. Prefiero la compañía de dos o tres seres auténticamente libres de espíritu a la de una masa aborregada de cientos de miles que repiten consignas.

¿Por qué has elegido precisamente esos artículos para este libro?

Mis editores de MAKMA descubrieron que, tras cuarenta años de hacer crónicas, reportajes, editoriales y columnas, últimamente estaba haciendo otra cosa en la revista tintaLibre, algo que podríamos llamar ensayo periodístico. Periodístico porque está basado en la actualidad, pero ensayo porque no me limito a reflejar hechos o dar opiniones, sino que intento aportar ideas. Ideas propias, quiero decir. Mis editores también descubrieron que esas ideas tienen un común denominador: la defensa de la libertad. De la libertad por la que se han alzado millones de personas desde Espartaco hasta el  #MeToo y el #BlackLivesMatter, pasando por la Reforma protestante, el Siglo de las Luces, las revoluciones americana y francesa, la Comuna y Mayo del 68. No de lo que ahora la derecha extrema y la extrema derecha llaman abusivamente libertad, no de la libertad de hacer daños a terceros a través de la explotación, la contaminación, la especulación o la corrupción.

Marruecos está presente en tu obra. En El bien más preciado, por ejemplo, hay un artículo en el que habla de Larache y has escrito mucho también sobre Tánger o usándola como marco de tus historias (Tangerina, De Tánger al Nilo, Limones negros, La última frontera…). ¿Qué tiene esta ciudad?

Tánger es desde el siglo XIX la ciudad más liberal, en el viejo y buen sentido de la palabra, y más internacional de Marruecos. Como ciudad portuaria y fronteriza entre dos mares y dos continentes, también es una ciudad muy literaria, donde ocurren o son verosímiles historias extraordinarias. En el caso de los españoles, tiene, además, la ventaja de estar a veinte kilómetros de las cosas andaluzas. Es un sitio excelente para el trabajo periodístico o novelístico.

Estaban Tánger, Alejandría y quizás aún Beirut, ciudades abiertas y fascinantes. ¿Qué queda de ellas? ¿Hay alguna otra ciudad que pueda comparársele o es algo que se acaba?

Los nacionalismos y los fundamentalismos religiosos han ido ahogando esas ciudades mediterráneas liberales, plurales y tolerantes que eran Tánger, Alejandría, Beirut y Estambul. El mensaje de tales ciudades era el rechazo a esa identidad única y excluyente que te exigen los fanáticos de uno u otro lado. Asumían una identidad múltiple en la que cabían árabes, turcos y europeos, judíos, musulmanes y cristianos, creyentes, no creyentes y disidentes de todo pelaje. Tánger y Beirut guardan aún algo de ese espíritu, pero con muchas dificultades. Y sin embargo, o el siglo XXI recupera ese espíritu o el mundo se irá al carajo.

Al lo largo de una carrera tan dilatada has conocido a todo tipo de personajes, ¿a quién destacarías? ¿Quién te ha impresionado más?

Nelson Mandela, al que entrevisté en Suráfrica en 1995. Era un tipo sincero, afable y muy divertido. La entrevista debía durar solo media hora, pero él, enfrentándose a su jefa de Prensa, la prolongó otra hora más para que pudiéramos hablar de muchas cosas, cosas que a él le interesaban como, por ejemplo, la situación de las mujeres en España. Al final, cuando le comenté que a mí me gustaba mucho bailar, se puso en pie y me enseñó los pasos primarios de la danza del toyi-toyi. Jamás olvidaré la cara de su jefa de Prensa cuando, por enésima vez, entró en el despacho para decir que teníamos que terminar ya porque al presidente surafricano le estaban esperando desde hacía mucho rato importantes personalidades internacionales, y nos descubrió a Mandela y a mí bailando y riendo como niños.

¿Qué acontecimiento histórico de los que has cubierto te parece más relevante?

El drama de los palestinos. Primero se vieron despojados de buena parte de su tierra para que la comunidad internacional expiara un gravísimo pecado, el Holocausto judío, que ellos no habían cometido, que habían cometido unos europeos, los nazis alemanes. Y luego se vieron privados de crear su propio Estado en lo poco que les había quedado, Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental. Ahora los palestinos son meros ciudadanos de tercera o cuarta en el seno de Israel, su situación se asemeja mucho a la de los negros de Suráfrica en tiempos del apartheid. Pero ya ni tan siquiera se habla de ello. El que manda, manda.

¿Te aventuras a predecir qué clase de mundo saldrá de esta crisis?

Te puedo decir qué mundo me gustaría tras la pandemia: uno menos apresurado y consumista, más verde y sonriente, menos desigual y más solidario, más irreverente y menos conformista.  Pero me temo que ya tenemos encima el mundo de 1984: un magma de empresas tecnológicas y organismos gubernamentales lo saben todo nosotros, nos dicen qué es lo que tenemos que hacer y qué es lo que no tenemos que hacer, nos engañan asegurándonos que si restringen nuestros derechos y libertades es por nuestro propio bien, por nuestra salud frente al virus o nuestra seguridad frente al terrorismo. Me temo que ese magma de intereses esencialmente capitalistas que podríamos llamar el Gran Hermano ha explotado a fondo esta pandemia para aumentar su control sobre todos nosotros.

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