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Ponerle muros al mundo / Reportaje para EL PAÍS SEMANAL

Ponerle muros al mundo / EPS / 27-05-2007

Los soldados de Estados Unidos levantan en Bagdad una valla de cuatro kilómetros para separar a las comunidades suní y chií. Otro muro en el mundo. Otro muro que destruye la ilusión que despertó en 1989 la caída del de Berlín. Verjas y murallas siguen dividiendo países y cercenando la libertad.


Por Javier Valenzuela.

Seres humanos están trazando nuevas cicatrices en el planeta para intentar separarse de otros seres humanos. ¿Por qué? Porque estos últimos son de raza, nacionalidad, cultura, religión o ideología política distinta, o pura y simplemente porque son pobres y aspiran a escapar del miedo y la miseria. Cuando cayó el muro de Berlín, en 1989, se nos anunció el fin de la historia y el comienzo de un tiempo feliz en el que los hombres serían finalmente hermanos, unidos todos en un Nuevo Orden Mundial. Hubo ilusos que se lo creyeron, las hemerotecas y las videotecas están repletas de sus exclamaciones de alborozo. Pero han transcurrido desde entonces casi veinte años, y ni final de la historia, ni Nuevo Orden Mundial, ni nada que se le parezca. El hundimiento del Imperio del Mal no ha traído el reino universal de la fraternidad bajo las leyes del libre mercado. Ni tan siquiera ha traído un mundo unipolar, gobernado benignamente por la superpotencia estadounidense. Nuestro mundo es confuso, agitado, violento en muchos lugares y momentos, bastante indescifrable y manifiestamente multipolar.

Fueron abatidos el muro de Berlín y el telón de acero, pero se han levantado en los últimos tiempos -se están levantando ahora mismo- nuevos muros, barricadas, vallas, verjas, fosos y trincheras en muchos países del planeta. En América, África, Asia y hasta Europa. Con piedras y arena, con metal y hormigón, con alambre de espino; con refuerzos de cámaras de vídeo, sensores de calor, rayos láser, equipos de visión nocturna, helicópteros, aviones robotizados e incluso campos de minas. Estamos hablando de miles y miles de kilómetros de nuevas separaciones físicas entre vecinos erigidas con la vocación de ser infranqueables. Estamos hablando de longitudes muy superiores en total a la del difunto telón de acero que dividía el este y el oeste de Europa.

“Asistimos”, afirma en un reciente despacho periodístico Bernd Debusmann, enviado especial de la agencia Reuters a Tijuana, “al paradójico resultado de una globalización en la que los capitales y las mercancías pueden moverse libremente, pero no así los seres humanos”.

“Estados Unidos, el país que más influyó en la caída del muro de Berlín en 1989, ha emergido como el campeón de la construcción de murallas”, señala Debusmann. La última -o la penúltima- de estas murallas es de hormigón, casi cuatro kilómetros de longitud y más de tres metros de altura. La están alzando a toda velocidad los soldados norteamericanos para aislar del resto de la ciudad el barrio mayoritariamente suní y mayoritariamente insumiso de Adhamiya, en Bagdad. Los ocupantes norteamericanos invocan, faltaría más, razones de seguridad. Portavoces de la comunidad suní y de la chií tildan la iniciativa de racista y solicitan la pronta salida de los ocupantes.

En Irak, los norteamericanos se metieron donde nadie les llamaba, actuaron como un elefante enfurecido en una oscura y angosta cacharrería. Todo lo que les ocurre allí y todo lo que les ocurre a los desdichados iraquíes procede del disparate inicial de la invasión del año 2003. Sin embargo, existen otras barreras que se han erguido últimamente sin que sus constructores hayan hecho nada en particular para provocar la situación que parece hacerlas necesarias. Ahí están, por ejemplo, las vallas metálicas que aíslan Ceuta y Melilla de su entorno marroquí, y que fueron reforzadas en altura y en capacidad de resistencia en el otoño de 2005, a fin de frenar las avalanchas de inmigrantes subsaharianos sin papeles.

¿Podría haber hecho otra cosa el Gobierno de Zapatero? La respuesta es, tristemente, negativa. Cuando los subsaharianos asaltaron las vallas de Ceuta y Melilla, pocas voces, por no decir ninguna, se escucharon en España a favor de que se les dejara pasar. Como bien dijo François Mitterrand a propósito de su propio país, España, ciertamente, “no puede albergar toda la miseria del mundo”.

Hoy es una atracción turística, pero la Gran Muralla china fue levantada en el siglo III antes de Cristo para intentar salvaguardar al entonces brillante Imperio del Medio de las invasiones de los mongoles y otros pueblos septentrionales. Cuentan que esta muralla, la madre de todas ellas, con una longitud en su momento de máximo esplendor de 6.500 kilómetros, es la única construcción humana visible desde el espacio. Pues bien, como saben los historiadores, la Gran Muralla no pudo proteger completamente a las dinastías chinas del vigoroso empuje de sus vecinos del norte. Al igual que el Muro de Adriano, levantado en el limes germano, no pudo impedir -sólo la retrasó- la caída del Imperio Romano. Y tampoco la Línea Maginot, que Francia erigió tras la I Guerra Mundial con el propósito de blindarse frente a Alemania, fue un obstáculo serio para las divisiones acorazadas y los aviones del IIIReich.

Indiferente al fracaso de estos precedentes , el régimen comunista de Alemania Oriental, cuyas crueles y mezquinas interioridades hemos conocido con la película La vida de los otros, construyó en 1961 el muro de Berlín. Pretendía así frenar la hemorragia de fugitivos hacia la más libre y próspera Alemania Occidental. Fue otro fiasco, no duró ni treinta años. En 1989, los berlineses de uno y otro lado lo derribaron a golpes de piqueta, ante la estupefacción y la impotencia de las fuerzas de seguridad. Ese acto libertador marcó el comienzo del vertiginoso derrumbe del telón de acero y de la no menos vertiginosa disolución de la Unión Soviética y su imperio. Pero de esa época, la llamada guerra fría, aún persiste una gran fisura, la llamada Zona Desmilitarizada del Paralelo 38, que separa desde 1953 a las dos Coreas. Tiene 238 kilómetros de largo y cuatro de ancho. La custodian unos dos millones de soldados de ambos bandos, y sus alrededores se encuentran muy minados.


Otras divisiones de aquellos tiempos persisten igualmente, aunque éstas no estuvieran directamente ligadas al pulso entre el Oeste capitalista y el Este comunista. En el Magreb sigue en pie la muralla de arena y piedra que Marruecos levantó en el Sáhara Occidental para dificultar las incursiones de los guerrilleros del Frente Polisario. Y en Belfast y otros lugares de Irlanda del Norte, los llamados muros de la paz, que separan a católicos de protestantes. ¿Cuánto tardarán en ser abatidos esos muros de la paz norirlandeses ahora que las armas han callado y que los líderes más extremistas de las dos comunidades comparten el mismo Gobierno autónomo?

En fin, la buena noticia es que se está desmantelando la Línea Verde que dividía Nicosia, la capital de Chipre, en una parte griega y otra turca. Pero la mala es que otra Línea Verde que ya había desaparecido, la que separaba el Beirut Oeste musulmán del Beirut Este cristiano, puede volver a resurgir en cualquier momento, dado que las tensiones políticas y confesionales del país de los cedros han sido reavivadas por la torpe y brutal invasión militar israelí del pasado verano.

Lamentablemente, no es ésta la única mala noticia. De hecho, el planeta parece poseído en los últimos años por una fiebre constructora de muros, vallas y verjas semejante a la que en España lo cubre todo de urbanizaciones y campos de golf. Para empezar, Estados Unidos no se limita a cercar un barrio insurgente de Bagdad, no; Estados Unidos se está cercando a sí mismo.

Este comienzo del siglo XXI está siendo vertiginoso en la escena internacional. En enero de 2001, George W. Bush se instaló en la Casa Blanca proclamando que no deseaba que su país siguiera inmiscuyéndose en los asuntos del mundo más allá de lo necesario. América Latina, aseguró, pasaba a convertirse en el objetivo prioritario de la política exterior norteamericana. Bush viajó a México y le prometió al entonces presidente Vicente Fox que lucharía por “romper el muro de incomprensión” entre Estados Unidos y su vecino meridional. Pero entonces ocurrió la atrocidad del 11-S, y Bush metió de cabeza a su país en el avispero de Irak y se desentendió por completo de América Latina.

Y así estaban las cosas cuando, el pasado año, el Congreso de EE UU aprobó por amplia mayoría -incluido el voto favorable de la candidata presidencial demócrata Hillary Clinton- la construcción de una barrera metálica de más de 1.100 kilómetros de longitud y unos cinco metros de altura a lo largo de toda su frontera con México. Esta barrera, que serpenteará por los límites meridionales de California, Nuevo México, Arizona y Tejas, pretende impedir que nuevos mexicanos y otros hispanos atraviesen el río Bravo en dirección al norte. Lo curioso es que Estados Unidos y México son, junto a Canadá, socios en el Tratado de Libre Comercio (NAFTA, en sus siglas en inglés). Es decir, los capitales y las mercancías no tienen el menor problema en cruzar el río Bravo en cualquier dirección; lo que molestan son las personas, los espaldas mojadas. Los principales apoyos políticos de Bush, los wasp (blancos, anglosajones y protestantes), consideran que ya hay demasiados hispanos en Estados Unidos.

Tanto el ex presidente mexicano Vicente Fox como su sucesor, Felipe Calderón, al igual que el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), el chileno José Miguel Insulza, se han sumado al numeroso coro de voces que critican duramente este proyecto norteamericano. “Los muros resucitan una política excluyente, una política de rechazo y discriminación que creíamos terminada con el final de la guerra fría”, dice Luis Alfonso de Alba, diplomático mexicano y presidente del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. “Son”, añade, “una medida radical y absurda en un mundo que pretende ser cada vez más abierto y más global”. De acuerdo, dirán algunos, pero son efectivos. ¿De veras?

“Esto es una tontería”, declaró con rotundidad el pasado año Eugenio Elorduy, gobernador del Estado mexicano de Baja California, a propósito del proyecto estadounidense de blindar su frontera meridional. ¿Tontería? Pues sí: el muro, según auguran sus opositores, tendrá inmediatos y perniciosos efectos secundarios. En primer lugar, constituirá un espectacular estímulo a la industria de falsificación de documentos de identidad. En segundo lugar, impulsará la excavación de decenas, cientos de túneles bajo la muralla.

No estamos frente a especulaciones, sino ante deducciones efectuadas a partir de hechos probados. A comienzos de 2006, las autoridades fronterizas norteamericanas ya descubrieron un túnel impresionante que llegaba a San Diego partiendo del aeropuerto de Tijuana. Tenía casi un kilómetro de longitud, estaba equipado con drenaje subterráneo de agua y en su tramo más profundo corría a 15 metros bajo tierra. Dentro había dos toneladas de marihuana listas para su entrega, pero bien podría haber sido un puñado de espaldas mojadas.

Los israelíes ya conocían por entonces el fenómeno. Cuando en los años noventa la Autoridad Nacional Palestina obtuvo el control de la superpoblada y paupérrima franja de Gaza, el ejército israelí se reservó el control de su frontera con Egipto. La respuesta a esta medida fue la excavación de túneles desde el lado egipcio, varios metros por debajo de las botas de los soldados israelíes que custodiaban la frontera. Por allí circularon durante años personas, mercancías y, sí, armas y explosivos.

Tan sólo en el año 2002, el ejército israelí se apercibió de su existencia y cerró 22 de estos túneles. Las perforaciones se hicieron entonces más profesionales, y un año después, en 2003, Israel descubrió 45 nuevos. Esta vez los israelíes replicaron construyendo muros bajo tierra en la zona fronteriza, pero no hubo manera: los túneles se hicieron aún más largos y profundos, con luz eléctrica, ventilación y transporte mediante carretillas. Al final, como es sabido, Israel se retiró de Gaza.

Hubo un tiempo en que la frontera entre Estados y México representaba el mayor foso mundial de desigualdad entre riqueza y pobreza. Hoy ya no es así, hoy ese lugar lo ocupa la frontera entre España (y la Unión Europea) y Marruecos (y el Magreb y África). Detengámonos, pues, en la reciente experiencia española. Todos los especialistas internacionales en movimientos migratorios observan que el reforzamiento de las vallas de Ceuta y Melilla del otoño de 2005, que fue acompañado del incremento de la cooperación de las autoridades marroquíes con las españolas, tuvo como consecuencia indeseada la creación de una nueva ruta: la de los cayucos con destino Canarias. Y es que una corriente de agua siempre acaba encontrando una vía de escape cuando se topa con un obstáculo físico.

Algunas de las muchas barreras en construcción en el planeta no tienen demasiado que ver con los movimientos migratorios, sino que pretenden convertir en hechos consumados determinadas conquistas territoriales. El caso más notorio es la “valla de seguridad” -ésta es la denominación en castellano que le da su embajador en España, Victor Harel- que Israel está alzando para intentar aislar a Cisjordania, uno de los territorios palestinos que ocupó en la guerra de los Seis Días de 1967. Es de entre cinco y diez metros de altura, básicamente de hormigón, y cuenta con torres blindadas de vigilancia cada dos por tres. Comenzó a ser construida en 2002, con el argumento de que serviría para impedir la entrada de terroristas kamikazes palestinos en el Estado de Israel. En realidad, todo el mundo sabe que el propósito de tan imponente muro es consolidar físicamente la anexión por parte de Israel de Jerusalén oriental y de muchas parcelas del territorio cisjordano.

“Yo, después de haber recorrido buena parte del muro y de haberlo cruzado y descruzado por lo menos una docena de veces -pesadillesca experiencia que nunca olvidaré-, creo que la razón profunda del muro que construye Sharon es ganar para Israel una parte importante de los territorios ocupados; aislar a las ciudades árabes una de otra, convirtiéndolas poco menos que en guetos, y cuadrillar y fracturar de tal modo Cisjordania que el eventual Estado que se establezca allí nazca asfixiado y condenado a la total inopia administrativa y económica”, escribió Mario Vargas Llosa en este periódico en octubre de 2005.

La valla de seguridad israelí sigue un trazado zigzagueante, penetra en profundidad en Cisjordania, protege a los principales colonias judías allí instaladas, atraviesa huertas y campos de almendros y olivos, irrumpe en pueblos y aldeas palestinos, y separa a los campesinos de sus tierras de labor, a los niños de sus escuelas, a los enfermos, heridos y parturientas de sus hospitales, a los padres de sus hijos… El año 2004, los muchos tramos que se adentran en los territorios palestinos -hasta el 80% del total, según Amnistía Internacional- fueron declarados ilegales por el Tribunal de Justicia de La Haya, pero Israel hace caso omiso a ese organismo y, en general, a las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. También le importa un rábano que el expresidente estadounidense y premio Nobel de la Paz Jimmy Carter haya asociado ese muro con el apartheid, la situación de ciudadanos de tercera que los blancos de Suráfrica impusieron durante décadas a sus compatriotas negros. Israel, de hecho, ya ha construido más de la mitad de los casi 700 kilómetros previstos y sigue adelante con su plan.

Para los palestinos, esta construcción simboliza el muro de la prisión en la que viven desde hace décadas. “Es difícil concebir”, escribió Vargas, “que la mejor manera de combatir el terrorismo sea hundiendo a todo un pueblo en la miseria, el desempleo y un sistema de vida claustral y abusivo que se parece mucho al de los campos de concentración”. No puede decirse más finamente.
Pero no vayan a pensar que la fiebre de los muros, vallas y verjas es patrimonio exclusivo de los blancos. Si el Gran Rostro Pálido de Washington lo hace, nosotros no vamos a ser menos, se dicen distintos Gobiernos de Asia, África y hasta América Latina. Serpenteantes barreras físicas de todo tipo han sido construidas o están en construcción en zonas fronterizas entre Pakistán y Afganistán, entre India y Pakistán, entre India y Bangladesh, entre Tailandia y Malaisia… Brasil anda pensando en levantar su propio muro en un tramo de su frontera con Paraguay, para tratar de frenar el contrabando y la inmigración ilegal. Se situaría justo por debajo del puente que une las riberas de ambos países sobre el río Paraná, el denominado -menuda paradoja- puente de la Amistad.

La plaga ha llegado también a la pobre África. Botsuana erigió en 2003 una verja electrificada a lo largo de su frontera con Zimbabue. Sus autoridades aseguran que tiene como objeto exclusivo impedir la entrada incontrolada de ganado y evitar la propagación de las enfermedades que pueda tener. Las de Zimbabue no se lo creen: afirman que lo que se pretende es impedir la migración ilegal. Si sólo pretende obstaculizar los movimientos de ganado, ¿por qué esta verja electrificada tiene una altura de dos metros y medio?

En el golfo Pérsico ocurre tres cuartos de lo mismo. Las grandes empresas constructoras de la zona tienen ahora contratos de nuevo tipo: construir un muro que separe los Emiratos Árabes Unidos del vecino sultanato de Omán (objetivo: repeler la inmigración ilegal) y otro que separe Arabia Saudí de Irak a lo largo de sus 900 kilómetros de frontera común (objetivo: evitar que el caos sangriento que se ha adueñado del segundo país se extienda al primero). Dicen los saudíes que su muro será “muy high-tech”. ¡Qué alegría! En cuanto a Kuwait, ya dispone de una barrera metálica electrificada y reforzada con una profunda trinchera a lo largo de sus 217 kilómetros de frontera con Irak.

“Lamentablemente, los líderes políticos piensan más en las próximas elecciones que en las próximas generaciones”, afirma Federico Mayor Zaragoza, ex director general de la Unesco y presidente de la Fundación Cultura de Paz. “Las vallas”, añade, “sólo permiten una contención temporal; después, aun las más altas y fuertes se vuelven vulnerables, hasta que un día desaparecen o son destruidas por los ciudadanos”. En su opinión, la mejor valla sería un Plan Marshall a escala mundial que impulsara el desarrollo agrícola, industrial, sanitario, cultural y educativo de las zonas más pobres y conflictivas de la Tierra.

Mayor Zaragoza tiene más razón que un santo, pero, como él mismo anticipa, no se ganan elecciones anunciando cooperación con el Tercer Mundo, aunque sí levantando muros. Se está haciendo incluso en el interior de la Unión Europea. En la ciudad italiana de Padua, una valla metálica aísla desde hace un año el llamado barrio de La Serenissima, habitado por inmigrantes africanos e infestado de droga, prostitución y violencia. El Ayuntamiento de Padua, de centro-izquierda, dice que la medida es provisional. Sí, claro, todo es provisional en esta vida; también lo fue el muro de Berlín.

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