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12 JUNIO 2019 Imprimir

Deseando que llegue agosto / Sobre elecciones, resultados, negociaciones y pactos / infoLibre

Muchos de mis amigos y yo mismo estamos deseando que llegue agosto. Y no lo digo aquí y ahora por lo de las vacaciones, que pueden tomarse o no durante ese mes; lo digo porque, según los cronistas de la Villa y Corte, el proceso de la investidura del próximo presidente del Gobierno español y de la elección y toma de posesión de sus ministros no culminará  –si es que culmina y no hay que repetir elecciones- hasta la segunda o tercera semana de julio. Es mucho tiempo y, sobre todo, llueve sobre mojado.

Cuando por las mañanas esos amigos y yo mismo escuchamos las noticias, nos invade un sentimiento de hastío, el de vivir en un país congelado en el Día de la Marmota. Llevamos demasiados meses en los que la política española solo muestra su cara más penosa, la de la politiquería partidista. Precampaña, campaña, elecciones legislativas, europeas, municipales y autonómicas, información y análisis de los resultados, pactómetro y especulaciones… Ahora estamos en la fase de negociaciones para forjar alianzas, de convicción o conveniencia, que produzcan mayorías de gobierno. Carajo, ¿cuándo llegará el momento de las medidas concretas que beneficien a la gente?

Soy periodista, estoy a favor de la transparencia, faltaría más. Pero confieso que me fastidia ese empeño, tan de la España política y mediática actual, por retrasmitir en vivo y en directo las negociaciones, por retransmitirlas minuto a minuto y con la mayor estridencia posible. Sobre todo cuando no hay novedades sustanciosas, cuando tan solo se trata de la machacona repetición de un postureo de sobras conocido. A mí eso no me parece transparencia, a eso lo llamo exhibicionismo por parte de los políticos y aceptación de su propaganda por parte de los medios.

Rivera nos toma por imbéciles”, escribía ayer Juan Carlos Escudier. Y añadía: “Sabemos que los niños no vienen de París, que los Reyes Magos son los padres y que los de Rivera mienten más que hablan al decir que jamás pactarán con Vox”. Coincido en esto con el columnista de publico.es: los siempre sobreactuados Rivera y sus mariachis son particularmente cargantes en la administración de esa ración cotidiana de embustes, faroles, órdagos, líneas rojas, vetos, amenazas y zarandajas que también practican los demás. Esa ración que creen que deben ofrecernos con aire chulesco, soltando una bravata por la comisura de los labios con mirada desafiante  A esa frasecita cargada de mala leche demasiados periodistas la llaman hoy “un titular” y, de hecho, tan solo está destinada a que los medios puedan abrir sus informativos sin tener que trabajar demasiado. Mi oficio lleva años renegando del “periodismo declarativo”, de la consideración como noticia de bobadas o mentiras pronunciadas con toda solemnidad, pero cada vez parece más adicto al mismo.

Ayer se produjo lo que puede ser una verdadera noticia. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se reunieron en La Moncloa y decidieron trabajar con “discreción” a favor de un próximo Gobierno de “cooperación”.  Las dos cosas me gustan. En primer lugar, lo de la discreción. A diferencia de aquellos que la sacralizan sin haberla vivido, como podrían sacralizar el Abrazo de Vergara, yo era adulto durante la Transición, y recuerdo que muchas  de sus cosas importantes se consiguieron en largas reuniones secretas, reuniones con frecuencia nocturnas y cargadas de café y tabaco. En segundo lugar, jamás he ocultado que deseo un Gobierno progresista surgido de algún tipo de entendimiento entre el PSOE y Podemos.

¿Qué esperamos mis amigos y yo de ese hipotético Gobierno progresista? Pues poca cosa, todo factible con un poquito de voluntad y algún ligero aumento de los impuestos a los más ricos. Que se ocupe de blindar la subida anual de las pensiones conforme al IPC. Que intente combatir la precariedad laboral y los bajos salarios de los jóvenes. Que vea si hay algún modo de detener la subida de los alquileres y de rebajar los confiscatorios recibos de la electricidad. Que defienda la sanidad y la educación públicas. Que abola de una puñetera vez la Ley Mordaza y restablezca un clima de libertad de expresión semejante, como mínimo, al que reinaba aquí en los años 1980.  Que comience una lucha en serio contra dos lacras, el plástico y el petróleo, que están gangrenando nuestro país y nuestro planeta. Y que siga impulsando la plena igualdad de derechos de las mujeres.

Ya ven, no pedimos nada revolucionario, que bien sabemos que la correlación de fuerzas española, europea y mundial no da para mucho más. Así que para nosotros la buena noticia sería que ese Gobierno empezara a trabajar en agosto.

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