menu
   
 
 
 
Las opiniones expresadas en este Blog son estrictamente personales y no pueden ser atribuidas a ninguna empresa o institución para la que trabaje o haya trabajado su autor. Cualquiera puede reproducir total o parcialmente estos textos, siempre que cite su procedencia.

10 OCTUBRE 2018 Imprimir

Santiago y cierra España / Contra todo nacionalismo / infoLibre

Lo malo de combatir el fuego con gasolina es que el incendio se extiende pavorosamente y termina abrasando a todo el mundo. Hace un año, demasiada gente que se dice demócrata –alguna incluso que se dice de izquierdas– demostró una alucinante complacencia con la reacción nacionalista que despertó en buena parte del resto de España el intento de celebrar un referéndum independentista en Cataluña.

No olvido su desaprobación cuando unos pocos lamentábamos el “¡A por ellos!” y los llamamientos a la exhibición militante de unos símbolos –la bandera rojigualda y la Marcha Real– que, discúlpenme por mencionarlo, eran los de la España totalitaria y nacional-católica de Franco y, anteriormente, los de la España borbónica. Recuerdo su disgusto cuando condenábamos la violencia policial contra catalanes que sólo querían votar en una consulta de la que ellos mismos decían –y en esto llevaban razón- que no tenía la menor validez legal. Guardo memoria de sus acusaciones de exageración cuando nos alarmábamos por la salida a la calle de una ultraderecha envalentonada.

No, te decía esa gente, España está curada para siempre del autoritarismo y el fascismo. Nuestra democracia está tan arraigada o casi como la británica. Albert Rivera y su gente solo son unos jóvenes y simpáticos liberales. Los tipos mal encarados que aporrean a rojos y separatistas no llegan a cuatro gatos. El único nacionalismo peligroso en nuestro horizonte es el de Puigdemont, Junqueras y compañía.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Ahora esa misma gente tan complaciente hace un año con la reacción españolista se declara sorprendida por el éxito del mitin que Vox celebró el domingo en Vistalegre. Constata con pasmo que el océano de banderas borbónicas y gritos patrioteros de ese mitin es gemelo al del acto que ese mismo día celebraba Rivera en Barcelona. Y cae en la cuenta de que la derecha nacionalista española ya dispone de tres formaciones, tres, que, con tal o cual matiz, coinciden en dar vivas al rey y pedir mano dura en Cataluña, en demandar la poda o la eliminación de las autonomías, en desear la prohibición de los independentistas, en oponerse a la desacralización de Franco, en satanizar a los inmigrantes… Tres formaciones aznaristas cuyos votos podrían sumar muchos millones.

Soy internacionalista, nadie tiene que convencerme de que la independencia de Cataluña no sería un paso adelante en la historia de la humanidad. Jamás he compartido los objetivos de Procés y creo, además, que sus impulsores cometieron un desatino al lanzarse a tan discutible aventura sin contar con el apoyo de una amplia mayoría de la sociedad catalana, y sin tener en cuenta la correlación de fuerzas. Fue su fiebre nacionalista la que despertó al monstruo nacionalista español. Pero los pecados de unos no absuelven los de otros.

Hace un año, escuché muchas voces que predicaban que la izquierda no puede ser nacionalista. Estoy de acuerdo. A cierta izquierda catalana le reprocharé siempre que, en vez de proponer un proyecto colectivo a las fuerzas progresistas del resto de España –una reforma del Estatut y una reforma de la Constitución de 1978, como programa mínimo; una República Federal como objetivo a largo plazo–, se sumara a la derecha de CiU en la deriva independentista.

Pero cuando en el otoño de 2017 escuchaba las denuncias sobre la incompatibilidad entre progresismo y nacionalismo me asombraba al ver que la casi totalidad de ellas se referían tan solo al nacionalismo periférico, al de pequeñas comunidades sin Estado propio. Y no daba crédito al contemplar que algunos de los que más subrayaban esa incompatibilidad se sumaban jovialmente al PP y Ciudadanos en manifestaciones pobladas de enseñas rojigualdas y gritos de “¡Soy español, español, español!”. Como si no existiera el nacionalismo de los territorios con Estado, como si Hitler, Mussolini y Franco no hubieran sido nacionalistas furibundos, como si no lo fueran Trump, Le Pen, Salvini y Orbán.

En fin, alguien tiene que decirlo: el Gobierno de Pedro Sánchez nos hace un buen servicio a todos intentando descrispar el conflicto catalán. ¿Cuánto tiempo logrará resistir tanto a las torpezas verbales de Quim Torra como al griterío bélico del PP, Vox y Ciudadanos, deseosos de entrar a saco en el otro lado del Ebro y que caigan Sansón y los filisteos? ¿Seguirá demostrando agudeza para comprender que los grandes medios de comunicación de Madrid sobredimensionan interesadamente el menor incidente en Cataluña?

Hay elementos objetivos para pensar que, tras su gatillazo de hace un año, el independentismo catalán se desinfla. El fuego no está extinguido, es evidente, pero su vigor no es el de 2017. Si no se le arroja gasolina puede seguir menguando. La tercera vía –diálogo, negociación y pacto, ni para ti ni para mí– es la solución más razonable. A Unidos Podemos, el único apoyo natural al Gobierno del PSOE, se le ha denostado a mansalva por decirlo en voz alta en un tiempo político en que la testosterona parece más valorada que la inteligencia.

Ahora Sánchez parece haber asumido que lo más sensato es no liarla aún más, y de ello me congratulo. Aunque solo fuera por eso, prefiero que siga en la Moncloa a que se celebren unas elecciones anticipadas en las que los tres partidos de la derecha extrema compitan entre sí por ver quién mea más español y más lejos.

Este artículo en infoLibre.