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26 JULIO 2017 Imprimir

Cada vez más "noir" / Suicidio de Blesa y corrupción / Publicado en infoLibre

Que un niño de cinco años crea en los Reyes Magos es tan tierno como natural. Que lo haga alguien que pasa de los treinta, revela que algo le falla. ¿Inteligencia muy justita? ¿Pasmosa falta de experiencias vitales? ¿Ceguera ideológica o interesada?


Me viene esta reflexión a la cabeza cada vez que veo a un tertuliano televisivo proclamar categóricamente su fe en que la justicia es independiente e igual para todos, su convicción en el perfecto funcionamiento del Estado de Derecho.  Que esto lo diga un político conservador tiene un pase: esa gente se gana el pan contando milongas. ¡Pero que lo diga alguien que se pretende periodista! Tengo en alta estima a este oficio, que fue el de mi padre y es el mío. Creo que lo mínimo que se le puede exigir al que lo ejerce es no dar la impresión de ser un completo imbécil.

Desde el arranque del caso Gürtel y hasta la actualidad, he tenido claras un par de ideas en relación a nuestros casos de corrupción política, empresarial y financiera. La primera es que solo son la punta del iceberg, aquellos que los policías, fiscales y jueces honestos pueden documentar. La segunda es que se enfrentan a una dificilísima carrera de obstáculos. Prescripciones por el tiempo transcurrido, extravíos de dosieres en dependencias oficiales, recusaciones de fiscales y jueces diligentes, exclusión de pruebas por errores técnicos, anulación de sumarios por una coma mal puesta…

La justicia no es igual para todos, queridos niños. Puede que la lucha de clases haya terminado (la han ganado los capitalistas, dice el millonario norteamericano Warren Buffett), pero las clases sociales no han desaparecido. Ni usted ni yo podemos pagarnos los abogados de los ricos y poderosos, ni utilizar sus influencias mediáticas, políticas y judiciales, ni eludir la prisión pagando fianzas de millones de euros.

Entretanto, la hidra de la corrupción española se hace cada vez más noir. Demos por hecho que Miguel Blesa se suicidó (no conozco nada que sugiera otra hipótesis, que apunte a un affaire Stavisky español); pues bien, aún así, es el primero de los grandes presuntos corruptos que recurre a un arma de fuego para cerrar dramáticamente su caso. Un final, por cierto, que poco tiene que ver con el de Rita Barberá: todo aquel que no sea un fanático o un sinvergüenza sabe que a ella terminó matándola un modo de vida poco saludable.

Aunque los propagandistas de guardia en las tertulias no lo hayan dicho, el violento final de Blesa nos ha recordado a algunos ciertos hechos probados. Uno, que consiguió cargarse al juez que osó enviarle a la cárcel (Elpidio Silva). Dos, que algunas víctimas de la estafa de las preferentes se habían suicidado antes que él. Y tres, como ha señalado aquí Jesús Maraña, que la muerte de alguien, por dura que sea, no borra los crímenes que pueda haber cometido, aunque le libre de la condena judicial.

Esto se pone cada día más noir. Desaparece un expediente crucial del caso Púnica, mire usted qué casualidad. Entran a robar en la casa de un fiscal anticorrupción –por ejemplo, el que lleva los casos de Murcia- y solo se llevan su ordenador portátil. Se filtran grabaciones en las que un político en activo y un presunto corrupto hablan sobre la conveniencia de nombrar a tal fiscal, o en las que un ministro del Interior planifica cómo embarrar a adversarios usando los recursos del Estado.

Hasta el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, comparece hoy como testigo en la Audiencia Nacional. Cabe imaginar que proclamará que él no estaba al corriente de los chanchullos de sus tesoreros con empresarios para intercambiar donativos al PP por favores de ayuntamientos y comunidades autónomas. Rajoy estaba viendo Rigoletto.

Negro como el carbón, y no precisamente el de azúcar que traen los Reyes Magos a los niños malos. “Me han amenazado de muerte para que no hable de la trama Gürtel”, denuncia un exconcejal de Pozuelo. Y mientras Baltasar Garzón y Elpidio Silva están apartados de la carrera judicial, resulta que el fiscal favorito de un presunto corrupto tiene negocios en Panamá y un acervo profesional poco ejemplar. De paso, descubrimos también que, medio en broma medio en serio, ese presunto corrupto le suelta a un empresario amigo que quizá lo mejor sería pegarle dos tiros a la juez

Estimados colegas que hacéis de portavoces, no os hagáis los tontos ni nos toméis por tontos. La justicia no es igual para todos. La prensa comprada, el empresario que soborna a un político y el magistrado que haría casi cualquier cosa por un ascenso existen. Las cloacas del Estado, los policías infectos y los servicios de inteligencia existen. Aquí y en todas partes, aunque en estos asuntos da la impresión de que aquí estamos más cerca de Panamá que de Escandinavia. El mundo capitalista es más una novela negra que un cuento de hadas.


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05 JUNIO 2017 Imprimir

Sidi Juan / En la muerte de Juan Goytisolo / Publicado en infoLibre

 

Leo en alguno de los despachos que dan cuenta de su muerte que Juan Goytisolo podría ser enterrado en Marruecos. Nada nos gustaría más a sus amigos. Su tumba en Marrakech –o en Larache, al lado de Jean Genet– se terminaría convirtiendo en un morabito, un santuario donde la gente fuera a pedirle o agradecerle milagros. Juan Sin Tierra se convertiría en Sidi Juan, el señor Juan, el santo Juan.


Juan Goytisolo es lo más próximo a un santo laico que he conocido personalmente. Siempre era cordial y generoso, siempre era hospitalario y divertido (tenía un gran sentido del humor pese a su grave apariencia). Y, sobre todo, fue para mí durante cuatro décadas eso que los franceses llaman un maître à penser. En cada una de las encrucijadas nacionales e internacionales, esperaba oír su voz y no recuerdo haber disentido de ella nunca. Era una voz tan razonable como próxima a la gente y sus sufrimientos, tan sutil espiritualmente como defensora siempre de la libertad, la justicia y la cultura.


Juan Goytisolo era el último de los grandes intelectuales españoles del siglo XX, entendiendo por intelectual al creador que no se limita a producir su obra en una torre de marfil, sino que se implica en las causas nobles de su tiempo, como hizo Émile Zola en el affaire Dreyfus. Seguro que si Juan Goytisolo pudiera expresarse este domingo, 4 de junio de 2017, nos diría que le repugnan tanto las barbaridades que los yihadistas cometen supuestamente en nombre del islam como le inquieta la respuesta torpe, autoritaria y belicista que les ofrecen los gobernantes occidentales en nombre, supuestamente, de la democracia.


Le entrevisté por última vez en Marrakech el 8 de febrero de 2015, antes de que recibiera el premio Cervantes en la Universidad de Alcalá. La entrevista era para la revista literaria Mercurio y me acompañaba su editor gráfico, el fotógrafo Ricardo Martín. Juan estaba ya muy fatigado y se le hacía bastante cuesta arriba tener que viajar a Madrid y Alcalá de Henares y pasarse tres o cuatro días en actos y saraos oficiales. Pero, claro, el nombre del premio le hacía imposible rechazarlo. Él era muy cervantino. Su única patria, decía, era la lengua de Cervantes.

Terminada la entrevista, en el patio de su casa en la Medina me dijo: “Confirmo la tesis de Américo Castro: yo nunca me he acostado con católicos. Las mujeres con las que me acosté eran judías; los hombres, musulmanes”. Luego me pidió que no usara esta cita hasta su muerte, que es lo que hago. Juan fue poeta, novelista, ensayista y hasta reportero de guerra, pero también fue una víctima del franquismo, que mató a su madre en un bombardeo en Barcelona en la Guerra Civil. Siempre estuvo contra el canon nacional-católico que, ¡ay!, sigue pesando como una losa en este país. Detestaba la España negra de Torquemada, la expulsión de judíos y moriscos, la persecución de luteranos, ilustrados, liberales, republicanos y rojos. Esa España de Franco y sus herederos que se niega a reconocer su condición mestiza y su maravillosa pluralidad.

Conversé con él en París, Madrid, Marrakech y Tánger a lo largo de muchos años. Siempre me alegraba verlo. Recuerdo una vez, a principios de este siglo, en que comimos con las manos un mechui de cordero en uno de sus chiringuitos favoritos en Marrakech. Me contó que había invitado semanas atrás a un diplomático español conservador a ese mismo lugar y que el caballero, no sabiendo muy bien cómo calificar el local, había terminado soltando esta frase: “Este sitio es… muy, muy… ¡chabacano!”. Nos reímos hasta casi atragantarnos.

Le acompañé en la ceremonia de recepción del Cervantes en la Universidad de Alcalá, junto a José María Ridao, su albacea literario, y comprobé que, en efecto, estaba despidiéndose. Luego Malika Mbarek me contó que se había caído en Marrakech y había sido trasladado a un hospital de Barcelona. Juan no quiso quedarse allí y exigió volver a su ciudad de adopción para morir en paz, en el seno de lo que llamaba “mi tribu”, la familia de Abdelhadi. Los amigos llevábamos meses esperando una noticia que, sin embargo, nos ha caído hoy como un mazazo. La cultura en castellano pierde a uno de sus grandes, grandes, grandes. La causa de la convivencia en paz y libertad de las gentes y culturas de este planeta pierde a uno de sus baluartes. Y muchos perdemos a un hermano mayor.

Visitaremos su morabito, el morabito de Sidi Juan.

 

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