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05 JUNIO 2017 Imprimir

Sidi Juan / En la muerte de Juan Goytisolo / Publicado en infoLibre

 

Leo en alguno de los despachos que dan cuenta de su muerte que Juan Goytisolo podría ser enterrado en Marruecos. Nada nos gustaría más a sus amigos. Su tumba en Marrakech –o en Larache, al lado de Jean Genet– se terminaría convirtiendo en un morabito, un santuario donde la gente fuera a pedirle o agradecerle milagros. Juan Sin Tierra se convertiría en Sidi Juan, el señor Juan, el santo Juan.


Juan Goytisolo es lo más próximo a un santo laico que he conocido personalmente. Siempre era cordial y generoso, siempre era hospitalario y divertido (tenía un gran sentido del humor pese a su grave apariencia). Y, sobre todo, fue para mí durante cuatro décadas eso que los franceses llaman un maître à penser. En cada una de las encrucijadas nacionales e internacionales, esperaba oír su voz y no recuerdo haber disentido de ella nunca. Era una voz tan razonable como próxima a la gente y sus sufrimientos, tan sutil espiritualmente como defensora siempre de la libertad, la justicia y la cultura.


Juan Goytisolo era el último de los grandes intelectuales españoles del siglo XX, entendiendo por intelectual al creador que no se limita a producir su obra en una torre de marfil, sino que se implica en las causas nobles de su tiempo, como hizo Émile Zola en el affaire Dreyfus. Seguro que si Juan Goytisolo pudiera expresarse este domingo, 4 de junio de 2017, nos diría que le repugnan tanto las barbaridades que los yihadistas cometen supuestamente en nombre del islam como le inquieta la respuesta torpe, autoritaria y belicista que les ofrecen los gobernantes occidentales en nombre, supuestamente, de la democracia.


Le entrevisté por última vez en Marrakech el 8 de febrero de 2015, antes de que recibiera el premio Cervantes en la Universidad de Alcalá. La entrevista era para la revista literaria Mercurio y me acompañaba su editor gráfico, el fotógrafo Ricardo Martín. Juan estaba ya muy fatigado y se le hacía bastante cuesta arriba tener que viajar a Madrid y Alcalá de Henares y pasarse tres o cuatro días en actos y saraos oficiales. Pero, claro, el nombre del premio le hacía imposible rechazarlo. Él era muy cervantino. Su única patria, decía, era la lengua de Cervantes.

Terminada la entrevista, en el patio de su casa en la Medina me dijo: “Confirmo la tesis de Américo Castro: yo nunca me he acostado con católicos. Las mujeres con las que me acosté eran judías; los hombres, musulmanes”. Luego me pidió que no usara esta cita hasta su muerte, que es lo que hago. Juan fue poeta, novelista, ensayista y hasta reportero de guerra, pero también fue una víctima del franquismo, que mató a su madre en un bombardeo en Barcelona en la Guerra Civil. Siempre estuvo contra el canon nacional-católico que, ¡ay!, sigue pesando como una losa en este país. Detestaba la España negra de Torquemada, la expulsión de judíos y moriscos, la persecución de luteranos, ilustrados, liberales, republicanos y rojos. Esa España de Franco y sus herederos que se niega a reconocer su condición mestiza y su maravillosa pluralidad.

Conversé con él en París, Madrid, Marrakech y Tánger a lo largo de muchos años. Siempre me alegraba verlo. Recuerdo una vez, a principios de este siglo, en que comimos con las manos un mechui de cordero en uno de sus chiringuitos favoritos en Marrakech. Me contó que había invitado semanas atrás a un diplomático español conservador a ese mismo lugar y que el caballero, no sabiendo muy bien cómo calificar el local, había terminado soltando esta frase: “Este sitio es… muy, muy… ¡chabacano!”. Nos reímos hasta casi atragantarnos.

Le acompañé en la ceremonia de recepción del Cervantes en la Universidad de Alcalá, junto a José María Ridao, su albacea literario, y comprobé que, en efecto, estaba despidiéndose. Luego Malika Mbarek me contó que se había caído en Marrakech y había sido trasladado a un hospital de Barcelona. Juan no quiso quedarse allí y exigió volver a su ciudad de adopción para morir en paz, en el seno de lo que llamaba “mi tribu”, la familia de Abdelhadi. Los amigos llevábamos meses esperando una noticia que, sin embargo, nos ha caído hoy como un mazazo. La cultura en castellano pierde a uno de sus grandes, grandes, grandes. La causa de la convivencia en paz y libertad de las gentes y culturas de este planeta pierde a uno de sus baluartes. Y muchos perdemos a un hermano mayor.

Visitaremos su morabito, el morabito de Sidi Juan.

 

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31 MAYO 2017 Imprimir

Moción de censura / Publicado en infoLibre

¿Moción de censura? Poco me parece. Si existiera en España, que no existe, lo que yo propondría sería un impeachment, un juicio para la destitución de Mariano Rajoy. ¿Cómo puede seguir gobernándonos un tipo que lidera un partido gangrenado por decenas de casos de corrupción, un partido considerado por varios jueces como una presunta organización criminal dedicada al saqueo de las arcas públicas en provecho propio o de amiguetes? ¿Cómo puede representarnos en la escena internacional un sujeto que envía mensajes de aliento a gente que va camino del juzgado y hasta la cárcel y no, precisamente, por delitos de opinión?


Rajoy, me consta, es un hombre agradable en la distancia corta, ¿y qué? Otros malvados de la historia nacional e internacional también eran simpáticos en privado, o adoraban a los perros y los niños, o mimaban a las viudas y los huérfanos de sus partidarios. La lección que deberíamos haber aprendido del Holocausto es la de la banalidad del mal, el hecho de que el mal se encarna en gente que, por lo demás, es buen esposo y buen padre. La suprema habilidad del diablo estriba en presentar un rostro lo más angelical posible, en este caso, el de un señor que va contando chascarrillos de casino de provincias.


Rajoy y su PP personifican los males que pudren lo que va quedando de democracia en España: el uso de lo público para intereses privados, el ahondamiento de la desigualdad social y económica, el autoritarismo como respuesta a la protesta, la violación flagrante de la separación de poderes, la manipulación mediática. Monopolizan las instituciones del Estado con apenas el 33% de los votos. Desalojarlos de ahí debiera ser la tarea urgente de los representantes de los dos tercios del electorado restantes. Echarlos ya, quiero decir, sin esperar al término de la legislatura. Quizá luego podríamos abrir un auténtico proceso regenerador, reformista, constituyente, reconstituyente, llámele usted como quiera.


Ni tan siquiera han obtenido el poder a través de elecciones limpias. ¿Son legítimos gobiernos surgidos de comicios a los que han concurrido dopados económicamente, con mayores recursos que sus rivales, con dinero negro donado por empresarios golfos? Alguien que triunfara así en una competición deportiva y fuera descubierto a posteriori, perdería su medalla. ¿Por qué no ocurre lo mismo en nuestra política? ¿Por qué si obtienes el gobierno con trampas ya nadie puede arrebatártelo?

Aunque me parezca poco para la gravedad del caso, estoy a favor de la moción de censura a Rajoy presentada por Podemos. ¿Que no puede ganar? Bueno, tampoco triunfaron las que presentaron Felipe González (1980) y Hernández Mancha (1987), pero sirvieron, claro que sirvieron. Expresaron el hastío de los electorados de uno y otro político en aquellos precisos momentos y circunstancias. Hay ocasiones en las que los ciudadanos deseamos que nuestros representantes en el Parlamento digan basta, hasta aquí hemos llegado, no aguantamos ni un minuto más. Pueden ustedes llamarlo derecho al pataleo, no me ofende: el pataleo es lo mínimo ante el robo y la injusticia. Yo prefiero llamarlo imperativo ético, la obligación que tiene el ciudadano honrado de expresarse en voz alta para proclamar su discrepancia ante una tropelía. El no en mi nombre, no con mi silencio como aval.

Lo demás son tecnicismos politiqueros. Podemos ha dicho que retiraría su moción de censura si el PSOE presentara una propia. Adelante, pues. El PSOE tiene una oportunidad de oro para responderle a Podemos que de acuerdo, que va a presentar su propia moción. Incluso sería razonable que pidiera hacerlo dentro de unas semanas, una vez reorganizado tras su Congreso de junio. Supongo que son cosas de las que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias podrían hablar, y no hace falta que lo hagan a gritos y delante de una docena de cámaras de televisión.

Estoy hasta el moño de que los líderes del PSOE y Podemos parezcan verse obligados a actuar en público para mero contento de los elementos más sectarios de sus respectivas parroquias. Agradecería que, en privado, lejos de focos y micrófonos, Sánchez e Iglesias supieran encontrar los elementos que ahora pueden aliarles en el desalojo del PP. Lo penoso sería un nuevo día de la marmota, un regreso a ese 2016 del tú no me votaste y el tú hiciste imposible que te votara. Sabemos lo que pasó: 1.- Podemos cometió torpezas. 2.- A Sánchez le prohibieron su patrocinadores de entonces que pactara con Podemos.

La estupenda rebelión de la militancia del PSOE en las primarias del 21 de mayo ofrece una nueva oportunidad a la izquierda española. Ni los de Sánchez ni los de Iglesias, Alberto Garzón y Mónica Oltra van a poder desalojar al PP en solitario. La pluralidad del campo progresista está aquí para quedarse de momento, no hay otra vía para el cambio que la portuguesa. Calculo incluso que una moción de censura liderada por Sánchez, con el apoyo de Unidos Podemos y la abstención de terceros, estaría cerca del éxito matemático. Y, repito, aunque no lo consiguiera, habría dejado claro el mensaje de la mayoría social: estamos hartos de que nos roben.

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