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27 JUNIO 2018 Imprimir

Una España escasamente liberal / Sobre presos catalanes y vascos / infoLibre

Armándose de valor, el Gobierno socialista de Pedro Sánchez se declara partidario de que Oriol Junqueras y los demás políticos catalanes encarcelados preventivamente por el juez Llarena sean trasladados a cárceles de su comunidad. Acabo de escuchar en La Cafetera, el programa radiofónico Fernando Berlín, que Pablo Iglesias también lo hace y con bastante menor timidez. Así se lo ha dicho a Quim Torra.

Supongo que si yo dijera en una tertulia televisiva que soy partidario de la inmediata puesta en libertad de esos presos, que su encarcelamiento me ha parecido desde el principio un abuso de autoridad, me podrían a caldo. Lo más suave sería que soy un cómplice, por maldad o estupidez, del independentismo catalán, si no un enemigo conspicuo del Estado de derecho. Pues bien, no soy independentista, sino más bien lo contrario, un federalista partidario de los Estados Unidos de Europa, y creo que las leyes, mientras no sean cambiadas, que perfectamente pueden serlo, deben ser aplicadas con sensatez y proporcionalidad.

No me ha extrañado un ápice que varios jueces europeos hayan considerado excesivas e injustificadas las tremendas acusaciones que hace el juez Llarena contra Puigdemont y compañía. He vivido largos años en viejas democracias como la francesa y la estadounidense, y sé que por ahí fuera se le sigue teniendo cierto respeto a los principios y valores fundacionales del liberalismo burgués. A cosas como que la libertad de expresión y manifestación son sagradas. O que encarcelar preventivamente debe reservarse en general para sospechosos de crímenes tan irreparables como el asesinato o la violación.

El actor Robert de Niro acaba de insultar en público al presidente de Estados Unidos (Fuck Trump) y no he visto que haya ido preventivamente a la cárcel como lo fueron Alfonso Lázaro y Raúl García, los titiriteros granadinos. Es más, no he leído ninguna noticia que diga que un fiscal abre diligencias por las ofensas de De Niro a su jefe de Estado. Los independentistas escoceses deseaban celebrar un referéndum de autodeterminación y el Gobierno de Londres se lo concedió. La consulta se celebró, ganó el No y aquí paz y allá gloria. Hace medio siglo, el Mayo del 68 puso patas arriba a Francia y el general De Gaulle no decretó ningún estado de excepción. Cuentan que cuando le comentaron algunas declaraciones particularmente subversivas de Jean-Paul Sartre, De Gaulle respondió: “No se puede encarcelar a Voltaire”.

El viento del autoritarismo sopla desde hace años por todo el mundo, ciertamente. El problema de España es que aquí –también en Turquía, por ejemplo– llueve sobre mojado. No hubo una ruptura democrática -la correlación de fuerzas era la que era- tras la muerte de Franco. El marco intelectual en el que se ha desarrollado el sistema del 78 da prioridad a conceptos heredados del Ancien Régime como autoridad, ley y orden, unidad indisoluble, gobernabilidad o respeto a la jefatura del Estado. Hasta nuestro centroizquierda ha actuado siempre dentro de ese marco. Ningún Gobierno, incluidos los de González y Zapatero, le ha retirado las medallas y los pluses a un policía torturador como Billy el Niño. Ya se sabe, Billy el Niño era un leal funcionario del Estado que actuaba en cumplimiento de la legalidad vigente.

Estos días también provoca escándalo el mero hecho de que Pedro Sánchez y Urkullu hablen de la posibilidad de que los presos de ETA sean trasladados a centros del País Vasco. En esto me ocurre como en lo anterior: lo que jamás me ha parecido de recibo es que a esos presos se les imponga el castigo añadido de que sus familias tengan que viajar a Canarias para verlos. Se me dirá que el acercamiento de los presos indigna a muchas de las víctimas de la brutalidad de ETA. Responderé que en ningún país que se precie de civilizado las víctimas dictan el castigo. Y recordaré lo que ocurrió –nuevamente en el Reino Unido– con el acuerdo de paz entre el Gobierno de Tony Blair y el IRA.

Hay poco de liberalismo burgués en los tuétanos de la actual democracia española. Mientras que triunfaba en Estados Unidos, Inglaterra, Holanda, Francia o Escandinavia, los que aquí lo defendían fueron aplastados sistemáticamente en los casi dos siglos que van desde la restauración de Fernando VII hasta 1975. Cuando Franco murió, los partidarios de la primacía de la libertad, fueran liberales o libertarios, habían sido prácticamente erradicados de nuestro tejido social.

Y así hemos llegado a lo de ahora. Que presuma de liberal alguien como Albert Rivera que es un nacional-populista de libro. O Esperanza Aguirre, que tan solo es partidaria de la más amplia libertad para los empresarios amiguetes que se benefician de mamandurrias de las administraciones públicas. Por no hablar de Federico Jiménez Losantos, partidario furibundo de bombardear Barcelona. A ninguno de los tres le he visto jamás protestar por casos de excesiva violencia policial o de procesamiento o encarcelamiento de personas por la expresión de sus opiniones. Al contrario, son de las que más gritan a favor de que se castigue una pitada a la Marcha Real o la quema de una bandera rojigualda.

Los auténticos liberales son raros aquí, ya no digamos los libertarios. Lo sé.

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24 ENERO 2018 Imprimir

Bajo el asfalto sigue estando la playa / Medio siglo de Mayo del 68 / infoLibre

Durante unos cuantos días de mayo de 1968, Cipriano Mera desapareció de su domicilio en un barrio popular de París. El anarquista español exiliado, entonces ya septuagenario, se había sumado a la rebelión en las calles de la capital francesa. En bicicleta, tocado con una boina y chapurreando un francés casi incomprensible, Mera recorría las barricadas del Barrio Latino aconsejando a los jóvenes sobre cómo hacerlas más inexpugnables. Los jóvenes le hacían caso. No sabían que Mera había sido el líder de los albañiles madrileños durante la II República y, luego, durante la Guerra Civil, el general de una sólida columna militar cenetista, una de las pocas que obtuvieron victorias en el campo de los que luchaban contra Franco. Pero debían intuir su autenticidad y su experiencia. Le llamaban le Vieux Anarch Espagnol.

La historia está recogida en Esplendor en la noche (La Linterna Sorda), uno de los primeros libros publicados en España con motivo del cincuenta aniversario de Mayo del 68. Editado por Ana Muiña y Agustín Villalba, este libro pone el acento en la dimensión libertaria, universal y duradera de aquella rebelión. El gran ejemplo de esta dimensión son las ideas absolutamente actuales que supo expresar de modo poético. Por ejemplo, aquella que dice que debajo de los adoquines está la playa.

Al Partido Comunista francés no le hizo la menor gracia de Mayo del 68, aunque no tuviera más remedio que sumarse a la revuelta obrera que siguió a la estudiantil. Dogmático y comodón, el PC lo descalificó como la obra de “grupúsculos ultraizquierdistas” liderados por “el anarquista alemán Cohn-Bendit” (nótese el toque xenófobo en la mención a la condición de “alemán” de Cohn-Bendit). No andaba descaminado el olfato estalinista del PC francés. La protesta iba tanto contra el asfixiante capitalismo vigente en Occidente como contra la falsa alternativa social-burocrática de la Unión Soviética.

El situacionismo de Guy Debord y Raoul Vaneigem aportó muchas de las ideas que se expresaron en las pintadas y los afiches de Mayo del 68 con la frescura del arte efímero. Los situacionistas denunciaban que el consumismo y el espectáculo eran en Occidente el equivalente contemporáneo al pan y circo de los emperadores romanos, el placebo que hacía soportable para la mayoría la dureza y la mediocridad de sus existencias. Otras formas de vida eran posibles, pregonaban. Lo expresaban con fórmulas tan fulgurantes como esta: “En una sociedad que ha abolido toda aventura, la única aventura que queda es abolir esa sociedad”.

George Orwell decía que la diferencia política sustancial no es la existente entre la derecha y la izquierda, sino la que distingue a los partidarios de la libertad de los partidarios de la autoridad. Y algo de razón tenía. Vivir de pie, el documental de Valentí Figueres sobre Cipriano Mera, recoge asimismo la historia de cómo Mayo del 68 alegró los últimos años de vida del ácrata madrileño. “Desde el corto verano de la anarquía, el de 1936, Mera no había vuelto a ver esa energía que hace tambalearse al mundo”, cuenta el documental. Al viejo albañil tampoco le fallaba el olfato: Mayo del 68 era una explosión antiautoritaria.

Por allí andaban Enma Cohen, Freddy Gómez y otros insumisos del sur de los Pirineos. Y allí, en la Sorbona, Paco Ibáñez cantaría ¡A galopar! en el primer aniversario de la rebelión. España, que había sido el país más libertario de Europa, no podía estar ausente de aquellas barricadas que, como dice Esplendor en la noche, cerraban calles pero abrían caminos.

Los perezosos mentales se regocijaron cuando De Gaulle ganó las elecciones francesas después de Mayo del 68. Ven, el recreo se terminó, todo vuelve al orden, dijeron. Pero no, los perezosos mentales se equivocaban. El mundo –igualdad de la mujer, derechos de los gais, libertad de costumbres, sentimiento ecológico, normalización de la sexualidad, rechazo al racismo…– ya no sería igual tras aquel año rebelde. Y es que son las ideas las que lo mueven. Las que había tenido De Gaulle al rebelarse contra Hitler y Pétain en junio de 1940 y las que tenían los jóvenes franceses que, 28 años después, pedían su jubilación.

La juventud suele tener razón cuando piensa, siente y actúa como juventud, cuando intenta mejorar el mundo que hereda de sus padres, cuando quiere hacerlo más libre, justo y gozoso. Hoy, medio siglo después de Mayo del 68, bajo el asfalto sigue estando la playa.

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